En la mano izquierda traía su alma
y en la derecha cargaba el destino.
Sus piernas eran la arena del tiempo
y su espalda el metal muerto que la
humedad había oxidado.
Sus ojos eran como hojas ociosas recién
caídas en un bosque y sus labios como
el arroyo adusto que su llanto austero
había parado en seco.
Su cara era el rostro oculto de la luna y
su memoria la mitad del año en el sur de
nuestro verano.
Pero no, la curiosidad no lo mató pues la
primera vez que suspiró la vida se convirtió
en vicio.
Después de todo el cielo no estaba tan lejos y
sólo necesitaba un par de remos para bordear
el tiempo y mirar la eternidad de cerca.
No, tampoco el frío lo mató.
Había vivido desarmado en el mundo y si
acaso se le contrajeron los güevos.
No era el miedo, sólo la turbación del clima
que por lo demás, decía, le hacia los mandados.